sábado, 31 de diciembre de 2016

Relato: El internado (provisional).

Hoy os traigo la sinopsis y el primer capítulo de una nueva novela que estoy escribiendo. Hice una encuesta en Twitter diciendo que si queríais que subiera algún relato, y los que votaron dijeron que sí o que no les importaba, así que espero que os guste :)

SINOPSIS

Logan ha tenido una adolescencia rodeada de alcohol, drogas y peleas callejeras.
Como último recurso, sus padres deciden enviarle a un internado con la esperanza de que se aleje de aquella vida.
Sin embargo, el insulso monasterio esconde más misterios de los que jamás hubiese llegado a imaginar.

Capítulo 1

Bajo del autobús y estiro las piernas, agarrotadas tras casi tres horas de viaje. Observo a mi alrededor; estamos en medio de una carretera mal asfaltada rodeada de casas cutres de piedra, y el aire huele a vaca. Hago una mueca; maravilloso.
Alguien se planta frente a mí y me saca de mis pensamientos. Parpadeo, todavía un poco empanado, y veo a James delante de mí, cargando con las bolsas. Le arranco la mía y me la cuelgo del hombro; nunca me ha gustado que toquen mis cosas.
Él me lanza una mirada reprobatoria que decido ignorar. Al fin y al cabo, si no fuera por él habría huido antes de llegar a la estación de autobuses.
−Ven; es por aquí.
Caminamos por las calles, aunque no llegamos a camuflarnos entre los pueblerinos; algunos nos miran de reojo, pero la mayoría de ellos son más descarados y nos miran directamente. Supongo que es lo normal en un pueblo pequeño como éste, aunque eso no es excusa para que no me cabree.
Pongo cara de asco, aunque James no me dice nada, sino que se limita a mantenerme a su lado.
No tardamos demasiado en llegar al monasterio.

El monasterio es como me lo imaginaba: un edificio aburrido, con paredes de piedra y un montón de pasillos y patios interiores. Hay algunos alumnos danzando por ahí junto a sus padres. Unos pocos observan las instalaciones, mientras otros parece que ya las conocen, pero todos tienen algo en común: tienen una pinta de frikis que no pueden con ella. La clase de chavales a los que solía pegar, a veces por puro aburrimiento. Pongo los ojos en blanco; pensar en que tengo que estudiar todo el bachillerato en este sitio, rodeado de niños raros, hace que me den ganas de salir corriendo. No es la primera vez que me pasa en este viaje. Tal vez, si me porto bien, mis señores padres deciden sacarme de aquí antes de tiempo.
Siento como me hierve la sangre nada más empezar a pensar en mis padres. Me han abandonado aquí de mala manera, y no creo que se vayan a preocupar de mis progresos, por mucho que finjan que todo esto “es por mi bien”. De hecho, ni siquiera se han molestado en venir a despedirme. Menudos padres preocupados.
Sigo a James por el interior, que tiene más de laberinto que de otra cosa. Todos los pasillos son iguales, así que pronto dejo de prestar atención.
Al final, llegamos a una sala de paredes amarillas con un mostrador de madera oscura que la atraviesa de lado a lado. Aquí también hay unos cuantos alumnos, todos chicos.
Sabía que el internado era masculino, pero no me había parado a pensar mucho en ello hasta ahora. ¿Cómo será vivir diez meses sin ni siquiera una tía cerca?
Cuando por fin nos llega el turno, dejo que sea James el que hable con el recepcionista, un señor con pinta de cura que se frota las manos continuamente. El hombre huele a rancio y tiene marcas de sudor en la camisa, y suelta una risita a cada frase que suelta.
Bufo; casi prefería el centro de internamiento.
Me hace firmar unos cuantos papeles que ni me molesto en leer y me da una bolsa de tela llena de a saber qué y las llaves de mi habitación.
─Aquí tiene todo lo que necesita. Sigan los carteles que hay por todo el edificio ─dice el hombre, añadiendo la risita al final─. No es fácil perderse por aquí ─otra risa. Me pone de los nervios; como tenga que escuchar a este señor más veces, acabaré por reventarle la cara.
Vuelvo a ir detrás de James. Cada paso que doy es un paso hacia mi encierro en esta especie de infierno.
Mi habitación está en el tercer piso, en un pasillo de paredes de cal blanca. Perfecto; como en un manicomio. La vista de lo que va a ser mi casa en el tiempo que esté aquí es deprimente: sólo hay una cama, un armario y un escritorio pequeño.
Al menos, tengo baño propio y las sábanas, dobladas encima del colchón, huelen a limpio; he dormido en tugurios peores. Dejo mi mochila encima de la cama y la bolsa del recepcionista tirada en el suelo.
Me doy la vuelta y veo a James apoyado en la puerta, mirándome. Se incorpora y da un par de pasos hacia delante.
─Bueno, Logan… Ya estamos aquí. Ha sido un placer trabajar contigo; nos mantendremos en contacto ─y me da la mano.
No me queda otra que estrechársela. Por supuesto que seguiremos en contacto; aunque yo esté aquí y el vuelva a su trabajo, si me salto alguna norma le avisarán a él. No deja de ser mi agente de la condicional, por muchos papeles que haya firmado.
No digo nada. Él sonría y se va, dejándome solo.
Cierro la puerta y cierro por dentro, dejando la llave puesta. No hago la cama ni me molesto en deshacer la mochila; creo que sigo teniendo una pequeña esperanza de que todo esto sea una broma pesada, de que tengo que volver pronto a casa. Aguantar la chapa de mis padres y las terapias contra las drogas y la ira me parece mejor idea que un internado de curas. Encima de chicos.
Por hacer algo, abro la bolsa que me dieron abajo para soltar una carcajada: lo primero que veo es una Biblia y una bolsita de plástico con un rosario. Ni siquiera me molesto en sacarlo. Mi uniforme también me da risa: pantalones caquis, camisa blanca, chaleco azul marino con detalles en rojo y corbata a juego. Están locos si creen que me voy a poner esto.
Al fondo del todo, veo un papel plastificado. En cuanto lo saco, veo que es mi horario. Misa diaria a las seis de la mañana, sin ni siquiera haber desayunado, y clases de teología destacan entre lo demás. Sí, hombre.
Miro el reloj; todavía queda mucho para la hora de la cena, pero me muero de hambre. Puede que haya algún bar en el pueblo en el que tengan algo de comer.
Cierro la puerta al salir. El pasillo está lleno, y todos los frikis me miran. Me pongo la capucha de la sudadera y bajo las escaleras sin hacer ni caso a nadie.
─Perdone, joven, pero la presentación del curso será en diez minutos; es obligatorio asistir ─me dice el recepcionista cuando paso por delante.
Le saco el dedo y sigo con mi camino. Nadie hace nada por pararme.

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