domingo, 24 de enero de 2016

Relato

El joven se envolvió mejor en su capa de terciopelo granate y se ajustó mejor los guantes. Aquellas prendas eran lo más valioso que había conseguido llevarse, unido a un par de cuchillos idénticos que siempre llevaba ocultos en las botas.
Aún no podía creer lo que había pasado; de hecho, ni siquiera lo entendía del todo. Solo sabía que, horas antes, un grupo de guardias había irrumpido en su casa acusándole de un asesinato y que ahora estaba allí, dirigiéndose a una muerte segura. Le habían mostrado ante el pueblo como un asesino. Y ahora le castigaban como a cualquiera de ellos: con el destierro.
Ni siguiera le habían dado derecho a juicio, y su familia no había podido despedirle, aunque tal vez fuese lo mejor; ver los rostros desencajados de Kristen y su madre era lo que menos necesitaba antes de partir. Se preguntó qué sería de ellas ahora que él no estaba para sacarlas adelante, y se estremeció sin quererlo. Las posibilidades eran demasiado aterradoras como para pensar en ellas. Luchó por eliminar la nostalgia de su interior; tenía la firme decisión de hacer todo lo posible para regresar a su lado
Según avanzaba, el ambiente se hacía más y más frío. A lo lejos se veían las montañas, su destino.
Llevaba un día y medio de viaje. Durante la primera jornada el sol y la brisa templada le habían acompañado. Había atravesado un bosquecillo donde había encontrado presas, que ahora llevaba colgadas del cinturón, y agua.
Sin embargo, su situación había empeorado conforme avanzaba. La tierra del suelo había comenzado a convertirse en hielo, y tenía el estómago vacío; quería mantener las provisiones para el mal tiempo que se avecinaba.
Salió de su ensimismamiento cuando Horace extendió sus alas, golpeando la oreja del chico al hacerlo.
-Lo sé, lo sé -.le dijo al águila que se removía inquieta sobre su hombro. Tiró de la cadena amarrada a la garra del animal para que no echase a volar.- Pero no puedo liberarte aún.
En Fyeera, todo el mundo tenía un ashae. Era un animal que remitía a las virtudes del amo. Kassim sabía que el águila representaba la nobleza de corazón.
No podía soltar aún a su mascota; aunque no les veía, sabía que un destacamento especial de la guardia seguía sus pasos para asegurarse de que cumplía su destierro. No quería arriesgarse a que pensaran que intentaba algo.
Acarició la cabeza de Horace y sacó algo de alpiste que siempre llevaba de un saco colgado del cinturón.
El águila comió con avidez y dejó de aletear.
Siguió caminando hacia las montañas, haciendo caso omiso del ruido de su estómago.
La ira que bullía dentro de él se incrementaba por momentos; tenía que demostrar de alguna manera que era inocente.
Sus brazos comenzaba a dolerle debido al frío, y se sumaba al peso de Horace sobre su hombro y a que parecía que sus piernas querían dejar de sostenerle, pero no podía detenerse a descansar, porque entonces los guardias le encontrarían y sería peor.
El frío aumentaba cada vez más, y ni siquiera su ropa servía para protegerle; sus manos y sus pies se fueron agarrotando poco a poco, y la sensación se iba extendiendo por el resto del cuerpo. Pronto todo el cielo estuvo cubierto con nubes grises y plomizas que amenazaban nieve. El chico siguió caminando mientras caían los primeros copos, pero una densa tormenta lo invadió todo apenas unos minutos después. Jadeó mientras avanzaba penosamente, tratando de cubrirse los ojos con el brazo. La nieve y el viento le cortaban la cara, y Horace gritaba en su oído. Levantó los cuellos de su capa, intentando protegerse, pero era inútil.
Dio un par de pasos más y cayó al suelo. No volvió a levantarse; se había quedado inconsciente.

Pudieron pasar horas o semanas mientras él estaba en un estado de semiinconsciencia del que después solo recordaría el techo de piedra gris de una cueva y unos ojos verdes como la hierba en primavera.

Cuando despertó, pensó que seguía en su aldea, en la pequeña casa de madera medio podrida en la que vivía con su madre y con su hermana. Los susurros que escuchaba bien podían ser las voces de los mercaderes que anunciaban sus productos a primera hora de la mañana, amortiguadas por la pared.
Llenó los pulmones de aire, y por un momento se le paró el corazón. No olía a la mezcla de polvo y piel de animal que había en su casa. No escuchaba a su madre desgranar las pocas mazorcas de maíz que hubiese encontrado en una papelera para tomarlas en el desayuno, ni a Kristen corretear de un lado para otro. Solo se oía el viento golpeando contra una puerta.
Abrió los ojos y trató de incorporarse para examinar el lugar en el que se encontraba, pero un intenso dolor de cabeza se lo impidió. Se sentía peor que nunca: notaba todo el cuerpo pesado y la boca seca.
-Vaya, ya estás despierto -.escuchó que decía una voz de mujer, seguida de unos pasos que se acercaban.- Tienes mejor aspecto. ¿Cómo te llamas?
La chica que había hablado no podía tener más de dieciséis años. Era menuda, con el pelo negro como la tinta recogido en un moño y los ojos azules.
En cierto modo le recordaba a Kristen.
-Kassim -.dijo con voz débil.
-Yo soy Helena. ¡Jazmín! Vete a decir que ha despertado.
Una joven en la que Kassim no había reparado abandonó rápidamente la estancia.
El joven volvió a incorporarse, algo más despacio, y examinó la habitación. Era una cueva espaciosa, con varias camas como en la que él estaba tumbado. Solo dos de ellas estaban ocupadas. Había sábanas de tejido basto y pieles sobre cada una de ellas.
El aire olía a hierbas medicinales, y unas pocas personas, tanto hombres como mujeres, se afanaban con los ocupantes de las otras camas. Aquello era, a todas luces, un pequeño hospital. El chico había estado en la enfermería de su aldea una vez, cuando se había quemado con un hierro mientras trabajaba, y aquel cuarto se parecía mucho.
Recordó ese día con exactitud.

Tenía catorce años, y el herrero le había encargado su primer trabajo. A Kassim le parecía increíble que hubiese aceptado como aprendiz a un chico de familia tan pobre, y pretendía esforzarse al máximo en aquel trabajo. Sin embargo, un grupo de niños que todavía eran aprendices le acorraló; sospechaba que estaban celosos de que le hubieran ascendido. El líder de la pandilla, Narron, llevaba un hierro candente en la mano. Dos de los muchachos, mucho más grandes que él, le sujetaron los brazos mientras el joven le apretaba el hierro en la palma derecha. Kassim aún recordaba la sensación de su piel quemándose.
El herrero les descubrió antes de que hicieran lo mismo con su mano izquierda, y los expulsó de forma definitiva de su taller. A él lo mandó a casa, pero antes de irse le pudo escuchar lamentándose de que necesitaría un nuevo aprendiz. Por supuesto, no necesitaría a un chico herido.
Para poder pagarle un tratamiento para las quemaduras en el hospital, su madre vendió unas cuantas de sus mantas, y Kristen tuvo que subir el precio de las pulseras que fabricaba con cuero.
Antes incluso de que la herida cicatrizase, Kassim había empezado a trabajar en su proyecto a espaldas del herrero. Se había esforzado día y noche, y antes de una semana estaba a la puerta de su patrón, que se mostró tan sorprendido que le readmitió inmediatamente. ¿Y todavía había gente que pensaba que él le había matado?

Volvió a la realidad cuando un hombre derramó un jarrón, unos metros más allá. Se sorprendió a sí mismo acariciando la cicatriz en forma de ce invertida que tenía en la palma de la mano. Siguió con su examen de la sala; había dos puertas de madera, una a cada extremo de la habitación. La que estaba más próxima a él, unos metros a su derecha, daba al exterior, a juzgar por la cantidad de luz que entraba por el pequeño ventanuco. No sabía a dónde daba la otra. El joven estaba tan dolorido que ni siquiera se preguntó dónde estaba.
Horace estaba sobre la mesilla junto a su cama, y parecía inquieto. Alguien le había liberado de su cadena, y en ese momento se dedicaba a moverse constantemente por la superficie de la mesa. Kassim sonrió y estiró la mano para acariciarle la cabeza. El animal le picoteó los dedos con cariño. Helena le dirigía miradas atemorizadas de vez en cuando. El joven pudo ver que el ashae de la chica era un pequeño asno, que significaba humildad.
El joven podía escuchar el rugido del viento; al parecer, fuera se había desatado una tremenda tormenta. Sin embargo, él no tenía frío debido a las numerosas mantas de pelo animal que le cubrían.
Comprobó discretamente que conservaba todas sus ropas. Su capa estaba colgada del barrote del pie de su cama.
-¿Cómo he llegado aquí? -.preguntó a la joven de ojos azules, que se había sentado en una banqueta al lado de su cama mientras preparaba un brebaje que olía a menta.
-Elsa te encontró -.respondió escuetamente, y Kassim no preguntó más, aunque  las dudas comenzaban a amontonarse en su cabeza.
Helena le obligó a beberse la infusión en cuanto estuvo preparada y, apenas la hubo terminado, una de las puertas se abrió y el hospital se llenó de gente.
El chico había escuchado hablar de las tribus que habitaban en las montañas, pero hasta ese momento había pensado que no eran más que leyendas; al fin y al cabo, era casi imposible vivir en aquél clima helado. Estaba claro que se equivocaba.
Un hombre arrugado de constitución pequeña lideraba el grupo. Vestía ropas grises y una voluminosa capa azul con bordados dorados sobre ellas.
Sus ojos eran rasgados y oscuros, y el poco pelo que le quedaba era de color ceniciento. Su piel parecía de pergamino. Estaba tan delgado que el joven estaba seguro de que cualquier ráfaga de viento conseguiría tumbarle.
-¿Quién eres? -.preguntó con voz rasposa.
-Kassim -.respondió casi inmediatamente. No sabía por qué, pero la presencia de aquél hombrecillo le imponía respeto.
Estaba preguntándose si debía añadir algo más cuando el anciano dijo:
-¿Por qué estás aquí?
Dudó un instante antes de contestar:
-Me… me desterraron. Me acusaron de un crimen que no cometí y me castigaron con el exilio.
El hombre le miró.
-Son pocos los exiliados que sobreviven a la estepa. Son menos aún los que dicen ser inocentes.
Kassim suspiró; sabía desde un principio que no le creerían. Seguramente le echaran de allí en cuanto se recuperara del todo.
-Sin embargo -.continuó el líder.- veo que tu ashae es un águila. Eso significa que eres noble, y que seguramente tengas razón. Ahora descansa; hablaré contigo cuando te recuperes del todo.
Dicho esto se dio la vuelta y abandonó la sala, seguido de sus hombres. La última en marcharse fue una muchacha alta, pálida y de pelo castaño de reflejos cobrizos, que le miró con unos ojos de un increíble color verde antes de seguir a los suyos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada